No cabe duda de que el recital de José Carreras, que cerraba brillantemente la
Semana Grande de Cajamurcia, se puede calificar de acontecimiento. Razones: a)
Es un tenor internacionalmente reconocido (y no sólo como componente de la
tríbada falsaria); b) No había actuado en Murcia; c) Fue un día grande porque no
se oyó ningún teléfono móvil durante el concierto (a lo que ayudó la señora que
por megafonía cantó las cuarenta antes de empezar); d) El artista iba en una
limousine blanca (llegó al mediodía a Murcia y se fue, tras el recital, directo al
aeropuerto de Alicante), y e) En el llenísimo Auditorio se vislumbró a gente que no
se prodiga en los conciertos. Veamos. No es sólo que estuviera Ramón Luis
Valcárcel, poco habitual en estos saraos (acompañado de una felizmente
recuperada Charo Cruz), es que estaba la mismísima Reme Romero, menos
habitual aún. Sin que sirva de precedente, no le vayan a acusar de melómano,
también se dejó caer por allí el concejal de Cultura del Ayuntamiento de Murcia,
Antonio González Barnés. Y Pedro Antonio Ríos, diputado de Izquierda Unida. Y
la autoridad portuaria, Adrián Ángel Viudes, acompañado de su estilosa mujer,
Maite Velasco. Digamos que estaba el casi todo Murcia, porque supongo que
alguno no estaría. Hasta estaba Jaime Gestoso, y eso que tiene su puesto de
trabajo a 694 kilómetros de Murcia (como presidente del Tribunal Superior de
Justicia de La Rioja). Pilar Barreiro, alcaldesa de Cartagena, también vino al DF.
Y estaban los habituales y bla, bla, bla (casi puedo escribir este artículo sobre otro
anterior del mismo género; yo no sé en otros sitios, pero en Murcia se encuentra
una siempre con la misma gente).
Además de acontecimiento, el recital del barcelonés se puede calificar de evento,
por lo que tuvo de suceso imprevisto. Por la inesperada calidez del personaje, por
la emoción que desprendió (sobre todo en la segunda parte del poco habitual
programa y en los cinco bises), por cómo se fue creciendo, por la entrega al
público, a pesar de la cojera que arrastraba, secuela del tratamiento contra la
leucemia y que desde luego le producía molestias (llegó a hacer varios gestos de
dolor). Y por el coraje. Siempre en la misma posición (pierna derecha atrás, pierna
izquierda adelantada, mano derecha apoyada en el piano y ligera inclinación hacia
delante), y siempre el mismo ademán al acabar cada canción: mano izquierda que
tira del puño derecho de la camisa a la vez que agradece los aplausos. Antes de
atacar la siguiente pieza se pasa por la boca un pañuelo. No tengo ningún
inconveniente en decir que es más fácil decir frivolidades o lo que sea de una
cantante (sobre todo si, como Eda Moser, parece una de las marcianas de Mars
attacks) que de un cantante, a no ser que se trate de Pavarotti, en cuyo caso
siempre está el fácil recurso de recordar lo que se parece a Pantuflo Zapatilla, el
padre de Zipi y Zape. O que se trate del pianista Miguel Zanetti, que suele llevar
un frac cochambroso con brillos. José Carreras y Lorenzo Bavaj (el pianista) no
eran más que dos tipos con frac sobre un escenario adornado con claveles y
rosas. Pero no se necesita nada más: la emoción que supieron transmitir vale
doble. Supongo que alguien que ha pasado por lo que Carreras cantará siendo
consciente de que éste, aunque sea en Murcia, puede ser el último concierto de su
vida (y lo pensará en el siguiente y en el siguiente...). El cantante estaba a gusto
con la acústica del Auditorio y con el público (así se lo dijo a Valcárcel al acabar
el acto). Se notó. La gente también estaba a gusto, excepto los que sudaban
porque, a petición del tenor, el aire acondicionado no se conectó. Tampoco estaría
muy a gusto quien tuviera que sentarse detrás de Mayeya Soubrier (si no se
escribe así, lo siento; esto no se puede mirar en ningún diccionario, a ver si alguien
se anima a redactar un Who's who de Murcia). La viuda de Cotorruelo, (sigo
hablando de la misma persona), camarera de La Cena de Salzillo –pone una mesa
impresionante cada Viernes Santo–, llama la atención por su distinción y por sus
elaborados y altos recogidos de pelo. Nadie en su sano juicio querría que se le
pusiera delante, a no ser que quisiera pasar desapercibido, claro.
Cuando el programa se acabó, los sobrinos de Carreras (una sorpresa de la
organización del acto) entregaron sendos ramos de rosas al tenor y al pianista (me
encanta que los hombres sean obsequiados con flores). Los bises fueron una
continuación del repertorio de canciones napolitanas, seguramente en respuesta al
tipo que gritó: «Señor Carreras, y la zarzuela ¿qué?». Tras el primero casi se
apagó el aplauso. En el escenario no había nadie y palmeaban cuatro gatos, pero
cuando el personal vio que la puerta se abría (aunque no salía nadie) se volvió a
aplaudir. Tras Grananda (excepción en los bises en cuanto a canción napolitana)
volvió a pasar lo mismo: el movimiento de la puerta hacía renacer los aplausos. En
lugar de una puerta parecía un jefe de clac. También había un propio que desde
allí señalaba con los dedos los bises que quedaban (era como un catcher de beisbol
marcando la jugada al pitcher, o como un juez árbitro de tenis diciendo cuántos
servicios quedan: uno más, dos más). Llegó Torna a Surriento (sin partitura) con
final majestuoso, un famme campà impresionante. Sin cesar los aplausos continuó
Carreras con una Malinconía que recordó a Giuseppe di Stefano. Acabó con otra
canción napolitana, no sin antes sacarle brillo al piano con el pañuelo (y ya no se lo
volvió a pasar por la boca, que yo viera). En este quinto bis muchos ya habían
puesto pies en polvorosa (o en La Corra o en cualquier otro sitio donde dieran de
cenar). No consigo entender cómo es tan difícil para algunos esperarse a que el
espectáculo haya finalizado por completo. Entre los que llegan tarde y los que se
van temprano estamos arreglados.
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