Von Karajan quedó deslumbrado por su canto. Su
repertorio, rico en matices, le ha situado entre los
«grandes» de la ópera
MADRID.- Hace poco tiempo, a principios de
noviembre, José Carreras recibió en Viena el Premio
Social Mundial, en la celebración del Día Mundial del
Hombre. La iniciativa es plural, de varias
organizaciones, pero fue Mijail Gorbachov, presidente
de la Fundación que lleva su nombre, quien entregó a
Carreras la estatuilla.
El premio citado no es más que un ejemplo de los
muchos que ha recibido por su labor filantrópica, pero
también han sido muchos los triunfos y premios,
siempre merecidos, a su voz y a la inteligencia con que
la maneja. Nunca ha sido Carreras un cantante
arrollador, como sus ilustres compañeros en el célebre
trío, Plácido Domingo -al que considera el mejor del
mundo- y Luciano Pavarotti. Sus cualidades van por otro
lado. El bellísimo timbre, la sensibilidad, el fraseo
delicado y claro, y la fidelidad a la intención del
compositor.
Todo ello hace de Carreras una de las mayores figuras
del siglo XX en su cuerda. Se siente muy a gusto en el
papel de Nemorino, del Elisir d'amore, preciosa ópera
bufa de Donizetti, con la que debutó en el Covent
Garden en 1975. El enamorado labrador, joven sencillo,
que nos emociona con su «furtiva lágrima» parece
hecho a la medida del tenor catalán. Con intérpretes
como éste, se conserva mucho más vivo el Donizetti
alegre que el melodramático.
José Carreras nació en Barcelona el 5 de diciembre de
1946. De niño, tuvo una maravillosa voz de soprano.
Cuando tenía 11 años, el prestigiosísimo José Iturbi,
famoso pianista y director, le escogió para que cantara
el Trujamán de El retablo de Maese Pedro de Falla, en
el Gran Teatro del Liceo, que el muchacho conocía ya
como apasionado espectador. Cambió la voz, y a los 17
años, después de estudiar Química en la Universidad
de Barcelona, se entregó por completo a su vocación
musical, ingresando en el Conservatorio.
En 1970 debutó en el Liceo con Nabucco, de Verdi. Un
año después era galardonado en el Concurso Verdi de
Bussetto. Desde su actuación en Padua, su fuerza fue
creciendo. Montserrat Caballé fue decisiva en su
carrera, ya que le hizo cantar con ella en Londres.
Rafael Frühbeck de Burgos le había contratado para
cantar en Madrid el Réquiem verdiano. Desde 1972
empezó a actuar en todos los teatros de ópera del
mundo. Su relación con Herbert von Karajan comenzó
en Salzburgo en 1976. Ha trabajado con los mejores
directores musicales y con los escénicos más
destacados: Visconti, Zefirelli y Strehler.
Carreras ha escrito: «La ópera es la razón de mi vida.
Es mi forma de expresarme y me considero privilegiado
por tener la posibilidad de hacerlo». Pero además de la
ópera de gran repertorio, el cantante extiende su
actividad hasta la canción más popular y obras teatrales
como West Side Story, de Bernstein, al que admira
sinceramente.
La opinión de Karajan era bien significativa: «José
Carreras es mi tenor preferido y no tengo dificultad en
reconocerlo. Se dice que yo le catapulté a la fama con
Don Carlo. Pero la verdad es que está dotado de forma
excepcional. Año tras año le he invitado a participar en
mis festivales, con su repertorio de obras románticas y
veristas. Su versión del Don José en Carmen ha
contribuido a configurar su inconfundible personalidad».
Trayectoria triunfal
En el cine, se recuerda su interpretación del personaje
de Julián Gayarre en la película Romanza final, que
dirigió José María Forqué en 1986. Es sólo un aspecto
de una carrera triunfal, fruto de las condiciones
naturales, pero también de la vocación profunda y del
trabajo incansable, venciendo todos los obstáculos, aun
los más graves. Uno de sus álbumes se titula El placer
de cantar. Y es que Carreras ha hecho del canto una
especie de religión personal.
La opinión de Carreras sobre la crítica es clara y
sincera: «Hay gente honesta que hace crítica
constructiva. Son los menos y a estos críticos les
hacemos caso los profesionales. Estemos o no de
acuerdo. Pero hay otros críticos que son una pandilla de
oportunistas. Esta clase de gente no me merece ningún
respeto».En fin, que conviene distinguir entre los críticos
de verdad y esos otros que se las dan de terribles y
administran palos -de ciego- creyendo que así son
mejores jueces.
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