Cuando de muchachos escuchábamos a los mayores hablar de "bravura",
siempre evocábamos, no sabemos porqué, al fascinante mundo de la
tauromaquia, con sus inmensas plazas; en cuyos ruedos se desempeñan con
macabro garbo, banderilleros y puntilleros, hábilmente secundados por
los picadores, quienes portando enormes lanzas y poderosas cabalgaduras,
dan exacto perfil de cuanto allí acontece, lo que unido a la contagiosa
música, al vivo colorido del ambiente y a la algarabía de la muchedumbre
que espera con morbosa impaciencia la noble embestida del toro bravo
(víctima propiciatoria sobre quien se teje el secular espectáculo),
hacia la capa del artista-verdugo del torero, que ataviado en su vistoso
traje de luces, está presto a ofrendar su vida frente al ojo escrutador
del fanático de corazón, que no perdonando nada ni el muletazo sin
gallardía o una estocada final vacilante, pasaría por alto estos y mil y
un detalles más pero nunca a una velada desangelada y sin gracia, sin
comunicar la trascendente belleza del valor, que se pone de manifiesto
en esta singular fiesta de la sangre y el sol.
También en el mundo del arte existe una actividad que concita similares
emociones cuasi telúricas, en donde el entendido de ese complejísimo
terreno es tan peliagudamente exigente como el de los toros, y quien
puede hasta pasar por alto uno que otro desliz técnicos e
interpretativo, pero nunca perdonaría una actuación sin inspiración, sin
energía emocional, en suma, sin comunicación, que es al fin y al cabo en
lo que se fundamenta toda expresión genuina del espíritu humano; nos
referimos a la lírica, y muy específicamente, al arte del tenor.
Entre esos artistas de dicha cuerda hay uno, grande entre los grandes,
quien con verdadero arrojo y extraordinario talento, ha llegado de
gloria a su tierra de origen, España, y que presentándose en el marco
del Teatro Nacional, completa junto a Pavarotti y Domingo, el trío
lírico más famoso del mundo que ha visitado nuestro país; el tenor Josep
María Carreras.
Y es que a José Carreras le va perfectamente como anillo al dedo aquello
que comentamos al principio, es decir, de la bravura, pues además de ser
uno de los artistas más carismáticos y comprometidos con sus papeles, de
esos que se meten literalmente debajo de la epidermis del personaje,
llegando a expresar críticos y conocedores como John Higgins o Alan
Blyth, que es un cantante que no esquiva dificultad alguna, ningún matiz
dinámico o acento en las partiduras que interpreta, mostrando una
sabiduría y habilidad para vencer escollos técnicos como sucede con
poquisimos colegas de su generación, denominándolo por esa razón de
"valiente", ha demostrado también en su vida privada ser un verdadero
ejemplo de lucha sin cuartel, y más, cuando después de la mortal
enfermedad que lo llevó casi al borde de la muerte, este inmenso artista
recuperado a plenitud, creó una fundación internacional humanitaria de
lucha contra la leucemia, y cuyos fondos recauda de los innumerables
conciertos que ofrece alrededor del mundo.
La voz de Carreras, ese instrumento lírico, individual, fácilmente
identificable en disco, de una riqueza cromática tornasolada como la
paleta de un pintor, con un centro tímbrico de tan exuberante belleza
que es un verdadero regalo de Dios, todo ello unido a una línea o fraseo
plenamente elocuente, expresiva, totalmente comunicativa, con un manejo
exquisito de la media voz y de los pianísimos que escucharse pueda, y
una musicalidad verdaderamente extraordinaria, siempre la tuvo a su
disposición desde la infancia, tal como nos lo cuenta en su
autobiografía, "Cantar con el Alma", cuando descubre alrededor de los
seis años, tras ver la película "El Gran Caruso" con Mario Lanza, que
tenía un muy buen instrumento y además le fascinaba cantar (cantaba el
día entero al punto de alterar, según él, la salud nerviosa de su
familia), tanto así, que a tan tierna edad comienza a aparecer en
veladas musicales y a ganar importantes premios, debutando a los once
años en el Liceo de Barcelona, interpretando el rol del niño narrador en
"El Retablo de Maese Pedro" de Falla.
Posteriormente formaliza sus estudios de canto con el maestro Puig y
luego con Joan Ruax (este último tuvo una enorme influencia en su
formación como intérprete), siendo descubierto en el interín por Carlos
Caballé, hermano de la famosa Monserrat, quienes lo apoyaron y le dieron
un enorme impulso a su carrera operática, que a su vez se vio
galvanizada al ganar prestigiosísimo primer lugar del concurso "Guiseppe
Verdi", en Parma, en donde entraría en contacto con uno de los grandes
mitos del Bel Canto de los años cincuenta, un artista fundamental que le
sirvió para modelar su carrera y quien le dio un importante espaldarazo
en su debut en la Scala de Milán; el gran Pippo; Giuseppe Di Stefano.
Y es que entre ambos tenores, aparte de poseer características similares
en sus bellísimos timbres (además de ser tocayos), comparten esa
cualidad tan poco común que los han hecho excepcionales en sus
respectivas generaciones, el de darlo todo sobre el escenario dejando la
piel, y una extraordinaria capacidad de comunicar emociones, sensaciones
e ideas a través de la sublime expresión del canto.
Posteriormente, Carreras saltó la piedra de la dama de su profesión
cuando formó parte del equipo del mítico director austriaco Herbert von
Karajan, con quien trabajó en infinidad de montajes y grabaciones
discográficas, declarando el tenor que, sin el músico salzburgués, nunca
habría logrado configurar y aprender en profundidad muchos de los
papeles que lo han hecho célebre, consiguiendo en el proceso una
diversidad de matices psicológicos y musicales que a la postre,
enriquecieron notablemente su ya de por sí sobresaliente vena dramática;
basta escuchar la versión de ambos del Don Carlos de Verdi, o su
atrayente Don José de la ópera Carmen de Bizet.
Pero también Carreras se ha dedicado con mucho éxito a otros
repertorios, y ha interpretado una versión maravillosa de "La Misa
Criolla" de Ariel Ramírez, ha grabado canciones de Andrew Lloyd Weber
junto a la soprano Sarah Britman, así como los grandes hits de películas
como Born Free, Moon River, The Shadow of your smile, Orfeo Negro, etc.,
todo ello unido al cancinero tradicional hispano, como Júrame, Maitechu
Mía, Estrellita, etc., y ese himno español escrito por un mexicano
inmortal y que en su versión parece como si fuese escrito para él,
"Granada", en donde este sobresaliente artista imprime como nadie un
donaire e hidalguía difíciles de igualar, colmando de entusiasmo y
belleza a todos los públicos del planeta, al elevar como en un grito de
júbilo, el verso final que caracteriza a las gargantas de su raza,
aquellas cuya materia prima se componen por su majestad y solemne
bravura, de sonidos de Sangre y de Sol.
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